30 mar 2014

LA BOTICA DEL CAMPO.


   Durante todo el siglo XVIII hay hospitales regentados por la iglesia, pero según el informe de los obispos, el pueblo prefiere consultar a brujos, curanderos, hechiceros, facultos, componedores, sobadores, curiosos, practicantes y otros doctores. La medicina la provee la botica del campo”; yerbas, ramas, raíces, tallos, resinas que brotaban de los árboles, tierra pantanosa, arcilla, toda la variada farmacología de la flora  y la fauna que servía para preparar guarapos, pócimas, unciones, papeletas,  que se combinaban con oraciones y actos de fe que con unos buenos ramazos bien cruzados,  devolvían la salud perdida. Y no se crea que eran solamente los doctores espontáneos, los analfabetas, quienes utilizaban los remedios de la “botica del campo”. Por los periódicos del siglo XIX sabemos que frecuentemente venían circos, fotógrafos, magos y médicos itinerantes que hacían giras. Llegaban a casas particulares o pensiones y hacían consultas domiciliarias. Cuando el sabio Lisandro Alvarado venía, en los periódicos de la ciudad se anunciaba su consulta a partir del lunes en la pensión de Mrtinón  (hoy Casa de Mariño) o en la de La Hoyada donde solía hospedarse. Pero él llegaba el viernes en la tarde y se dedicaba a recorrer todos los caminos que rodeaban al pueblo. Pie del Cerro, Suata, La Chapa, La Mora, La Curia, lo veían pasar. En la consulta recetaba gratuitamente a los pacientes pobres y a los caballos que era una de sus grandes pasiones y les prescribía así: “Váyase por el camino tal o cual, y al pasar la quebrada tal, en un árbol grueso o en una matica de flores rojas, o en una hierba, tome las flores o las ramas  o la corteza y hágase un guarapo o  prepárese una infusión”. Así recetaba.
Don Federico Briceño contaba que lo conoció en una circunstancia divertida. Llegó de su hacienda “El Socorro”  a la posada de “La Hoyada” y vio a un hombre que estaba bañando a un caballo. Cuando él desmontó del suyo  el hombre se le acercó y le dijo: “Este es el caballo más bello que  he visto, pero está muy descuidado; hay que bañarlo, espulgarlo y afeitarle las crines. Si quiere se lo baño”. ¿Cuánto me va a cobrar? “Barato, dos bolívares”. “Convenido”.    Don Federico le entregó las riendas del caballo y pasó a sentarse en la larga mesa del comedor junto con varios amigos, Al rato llegó el hombre y le dijo: “Ahora sí quedó como debe estar siempre; me siento feliz, voy a almorzar”. Cuando la dueña de la pensión le preguntó: “Qué quiere comer el doctor?, don Federico se sorprendió, entró a la cocina  y preguntó por la identidad del desconocido. Al enterarse de que era el sabio Lisandro Alvarado, lleno de vergüenza se deshizo en justificaciones, explicaciones  y disculpas que el sabio aceptó diciéndole: “Usted me ha proporcionado un momento de dicha al permitirme servirle a ese caballo tan hermoso”.  Se hicieron amigos para toda la vida. Pero contaba don Federico que al terminar el almuerzo, él se despidió de los comensales y de su nuevo amigo y se retiró,  pero cuando ya alcanzaba la puerta, el sabio doctor Alvarado lo llamó en voz alta: “Don Federico”, “Don Federico”; y al detenerse y voltear, lo vio que venía hacia él con la mano extendida y le recordó: “Los dos bolívares”.


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