22 mar 2014

NOTICIAS SOBRE EL HIJO DE RIBAS

                                                                 Por: GERMAN FLEITAS NUÑEZ
                                                               Cronista de la ciudad de La Victoria

 
JOSÉ FÉLIX RIBAS Y PALACIOS (COLECCIÓN PÉREZ TENRREIRO)
 SU PRIMO HERMANO SIMÓN BOLÍVAR PALACIOS “EL LIBERTADOR”

SU PRIMA DOBLE “PANCHITA”  RIBAS PALACIOS (COLECCIÓN F.V.)



Hace medio siglo, en el largo y sombreado corredor de la hacienda “Santa Rosa” de El Consejo, Don Alfredo Palacios de la Madriz -a quien llamábamos “Papo”-, solía contarnos,   que su bisabuelo, Don Feliciano Palacios Tovar, era hijo del “Tío Chano” y de Ana María Tovar Ponte, y  en consecuencia, nieto del Conde de Tovar, sobrino de “Tía Concha Palacios”, primo hermano de los Ustáriz Palacios de “La Guadalupe”, de “Panchita” Ribas Palacios de “El Palmar”, de Simón Bolívar Palacios “El Libertador” y de José Félix Ribas Palacios,  quien había recibido el grado de Capitán del Ejército,  cuando tenía tres años de edad.

Hasta aquí llegaba el cuento,  porque  nos resistíamos a creer  “tamaña mentira”.  Mediaba el siglo XX, teníamos diez años, y  no admitíamos que un niño pudiera ser Capitán del Ejército. “Un niño de tres años?...sería que lo disfrazaban de Capitán”, decíamos.   Con el paso del tiempo y las lecturas obligadas sobre la gran batalla, nos convencimos de que era verdad. Surgieron entonces mil  interrogantes, y  crecimos  con la curiosidad por conocer algo más sobre el  niño-capitán.

Muy poco se sabía del personaje. Apenas que era primo hermano del  Libertador, quien le confirió el grado de Capitán de Infantería al día siguiente de la Batalla de La Victoria, un día antes de que cumpliera los tres años de edad; que casó dos veces, tuvo tres hijos, y murió de 64 años en 1875. Nada más.

Las grandes biografías del General José Félix Ribas apenas lo mencionan porque José Félix Valentín Ribas y Palacios –que así se llamaba-  no fue un hombre importante. Si lo medimos con los parámetros que le conferían importancia a los hombres de su época, podríamos decir que fue un hombre común y corriente.  No fue general ni doctor, no ganó batallas, no fue político ni ocupó altos cargos públicos, no fue intelectual ni comerciante, no escribió libros ni acumuló  cuantiosas fortunas,  no fue masón ni miembro de clubes;  dedicó su vida a sembrar caña y vender papelón, azúcar y aguardiente en su hacienda de Guarenas. Fue un agricultor que supo llevar con  orgullo pero con humildad  la inmensa gloria de ser el hijo único del más heroico general de nuestra guerra de independencia. La aristocracia de sus cuatro apellidos no pesó sobre  la nobleza de espíritu que le reconocieron todos sus contemporáneos.

Ribas Palacios nació el 14 de febrero (día de los enamorados) de 1811, recibió el grado de Capitán del Ejército el 13 de febrero de 1814 (al día siguiente de la batalla) a los dos años de su edad (fue el oficial más joven del mundo), y once días antes de cumplir los cuatro años quedó huérfano de padre. Para el momento del asesinato del General, la familia se encontraba participando de la huida a oriente, el más dramático vía crucis de nuestros anales. Creció en Caracas al lado de su madre y en 1822, cuando tenía once años, su madre lo hizo trasladar a los Reynos de Francia, “para su mejor educación e ilustración”, al cuidado de una familia victoriana, las señoras Montilla, dueñas de haciendas en el Pao de Zárate y hermanas de los generales Mariano y Tomás Montilla.

Durante su permanencia de siete años en Francia, se enteró de la muerte de su madre, ocurrida en 1824. Regresó a Venezuela en 1829, y al año siguiente, el 1 de septiembre de 1830, contrajo matrimonio con Amalia Anzola Tovar, su parienta, con quien tuvo tres hijos llamados José Félix, José Ignacio y Trina Ribas Anzola. En diciembre de ese año murió el Sol de Colombia, su primo hermano Simón Bolívar Palacios. Quedó huérfano de padre, de madre y de protector; la verdadera orfandad.

De su madre heredó varias fincas de caña a cuyo cultivo se dedicó. La hacienda “La Concepción” en Chacao, otra del mismo nombre en Guarenas, otra en Mariches, otra en Macaira,  otra a medias en Capaya y la casa solariega de los Palacios ubicada entre las esquinas de la Sociedad a los Traposos.  Se estableció en su hacienda “La Concepción de Maturín”, ubicada en el Pueblo de Guarenas y allí pasó el resto de su vida. El único acto público en el que participó tuvo lugar  en 1842, cuando forma parte del cortejo de familiares que marcha detrás del féretro que traslada los restos del Libertador a su penúltima morada en la Catedral de Caracas.

De sus tres hijos, José Félix Ribas Anzola, el primogénito,  no casó; José Ignacio Ribas Anzola,  casó en Valencia con Luisa Paz y tuvieron dos hijos llamados José Ignacio y Luisa Amelia, ambos sin descendientes; por su parte la única hembra, Trina Ribas Anzola, casó con el Dr. Martín Aguinagalde, larense,  y tuvo numerosa descendencia hasta nuestros días.

Desde su infancia se empeño en hacer valer su grado de Capitán e incorporarse al ejército, pero le fue imposible a pesar de haber crecido en un mundo de primos. Los Ribas eran muchos,  los Palacios también y todos prolíficos;  José Félix tenía más de doscientos entre primos hermanos, primos segundos, primos terceros y primos de primos. Algunos miembros de su parentela   llegaron a ser Presidentes de la República, como Esteban Palacios, Manuel Felipe de Tovar, Antonio Guzmán Blanco o su primo y tocayo Carlos Valentín Soublette, pero ya los tiempos de la influencia de Bolívar habían pasado.

Mantuvo varios juicios en defensa de sus tierras y de sus propiedades contra terrófagos colindantes y contra el propio gobierno nacional.  Peticionó muchas veces ante el Congreso y los demás poderes públicos su incorporación al ejército, el reconocimiento de su antigüedad y el pago de sus sueldos sin mayores resultados. El congreso le reconoció en 1856 el pago de veintemil pesos y de ellos solamente le llegaron a pagar cuatrocientos dieciséis.

Viudo de Doña Trinidad Anzola, contrajo segundo matrimonio en 1851, con Doña Carmen Villavicencio (con sobrinos en La Victoria). Vivieron en una casa del centro de Caracas situada de Reducto a Basurero, y allí murió el 18 de junio de 1875, a la edad de 64 años. La prensa caraqueña de la época reseñó su muerte y  publicó un hermoso artículo en su honor, bajo el  título de: “Un honorable Patricio”.

Los bienes de su herencia, muchos menos que los que él había heredado de sus mayores, fueron repartidos entre su viuda y sus hijos del primer matrimonio.  El inventario de sus bienes es un reflejo de su vida;  allí están su casa, sus muebles,  su hacienda, sus retratos, los libros que leía. A pocos días de su fallecimiento, vendieron la hacienda “Maturín”, propiedad que había pertenecido durante tres siglos a su familia Palacios.

Doña Carmen le sobrevivió 43 años durante los cuales, junto con otros coherederos,  continuó gestionando ante los gobiernos nacionales, los haberes militares, sueldos y montepíos que le correspondían al Capitán y que nunca llegaron a cobrar. Son dramáticas las cartas que le dirige Luisa Ribas Paz desde Valencia,  al General Cipriano Castro en 1905.  En el año 1911, a un siglo del nacimiento de Ribas Palacios, todavía la República no  había honrado un compromiso contraído por el propio Padre de la Patria. Doña Carmen de Ribas falleció en 1918 en su casa de Monzón a Bárcenas.
Un libro titulado “Un capitán de dos años” espera desde hace varios años por su publicación.

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